“Es un libro muy chileno. Todos los míos lo son, pero esta vez hay más apego realista, más voluntad de relato”, cuenta el escritor Alejandro Zambra cuando se refiere a “Poeta chileno”, su última novela  que da fe de que la poesía (y la literatura toda) pueden ser un lugar de encuentro. Para eso, se vale de una gran historia sobre el amor juvenil, el sexo y la paternidad. 
Durante la entrevista, Zambra admite su deseo de reencontrarse con la oralidad de Chile, asegura que “la literatura se enseña muy mal” porque se la suele separar de los sueños y la música y propone una concepción más generosa, de puertas abiertas. También repasa sus lecturas pandémicas y el rol de su hijo en su nueva biblioteca en México. 

—La novela cuenta, entre otras historias, la del ensamble de una familia y la relación de un padrastro y su hijo; un padrastro que parece cumplir a la letra con eso que los franceses llaman beau père. No es la primera vez que abordás este tema. ¿Te interesa repensar desde la literatura las masculinidadades? ¿O es una vuelta de tuerca más para la figura del padre?
—Las dos cosas. Y tal como lo dices, repensar esas figuras, imaginarlas,  verlas "funcionando", porque están a la vista, es fácil encontrar a esos personajes, pero es menos fácil oírlos, sentirlos, sintonizarlos, discutirlos. Me interesaba en especial el lugar deslegitimidado del padrastro. Y pensar su posible proyección hacia lo masculino. Los padrastros son los malos, eso demuestran la literatura, la prensa y hasta el lenguaje y el diccionario. Es difícil identificarse con esa figura. Entonces un padrastro como Gonzalo no necesariamente se junta con otros padrastros, porque tal vez comparte los prejuicios. Sucede lo mismo con lo masculino, no es fácil identificarse con otros hombres, pero construirse o postularse como excepción es absurdo y medio falso. Esta crisis profunda en la que estamos puede volverse provechosa si aparecen más historias, más discusiones, más ejemplos y contraejemplos.


Vicente crece cerca de Gonzalo, su padrastro, y hereda, con la prepotencia del gen que marca un rasgo, la voluntad de convertirse en poeta. Zambra emprende la recorrida por la biografía de los personajes y, a la vez, por la genealogía de los poetas chilenos. Entre la idealización y la crudeza,Vicente se mueve en la literatura como si fuera refugio: “El mundo de la poesía es mejor. Un poco. Es un mundo más genuino, menos fome. Menos triste. O sea, Chile es clasista, machista, rígido. Pero el mundo de los poetas es un poco menos clasista. Solo un poco. Por último creen en el talento, tal vez creen demasiado en el talento”. 

—Los personajes de la novela conversan, hay cierta búsqueda en reflejar el registro de lo cotidiano, una revalidación de la oralidad que, por otra parte, es tan fundamental en la poesía chilena. ¿Fue una forma de volver a Chile? ¿Modifica tu escritura vivir en Mexico?
—Sí, qué bueno que mencionas la relación de la poesía chilena con la oralidad. Puede incluso parecer extraño, desde fuera, que haya sido la poesía y no la prosa la encargada de reivindicar lo coloquial. Es un libro muy chileno, todos los míos lo son, pero claro, esta vez hay más apego realista, más voluntad de relato. El narrador atesora detalles, vacilaciones, matices, contradicciones. Creo que la novela se volvió más "oral" porque en parte el gozo de escribirla estaba ligado al deseo de hablar chileno.

—Los poetas de la novela habitan el mundo, son parte de la sociedad, se enamoran y tienen bajezas. No son, sin embargo, poetas malditos. Y eso de alguna forma hace de la poesía algo más real, tangible. ¿Por qué crees que todavía la poesía es considerada como una suerte de literatura para pocos?
—Pienso que se enseña muy mal. No la poesía, la literatura entera. Se la desvincula de la música, de los sueños, de los chistes. Se insiste demasiado en los géneros y en las definiciones. Y se acepta esa separación tajante e inexplicable entre lectura y escritura. También hay muchos escritores que cierran la puerta. Te dejaron entrar, la literatura te cambió la vida, te salvó y lo primero que haces es cerrar la puerta. Es absurdo. Hay que dejar la puerta abierta. Siempre.

—¿Qué significa la poesía para Zambra? ¿Volvés a la tríada Teillier-Lihn-Millán o descubrís nuevos autores?
—Descubro muchos y en todas partes. Incluso si me limito a la poesía chilena, que es una tradición muy poderosa. Y siempre he estado más o menos en diálogo con lo que han venido haciendo mis compañeros. Igual no me interesa separar la poesía de la prosa o la ficción de la no ficción. A los personajes de mi novela les interesa la querella contra los novelistas mucho más que a mí. Y claro, supongo que los personajes de mi novela no leerían mi novela...

—Donaste parte de tu biblioteca en Chile pero seguramente siguió creciendo en México. ¿Cómo es esa nueva colección de libros? ¿Qué relación entablás con ellos? ¿Cambió esto con el tiempo?
—La doné toda, salvo una pequeña fracción, casi pura literatura chilena, justamente. Y los libros de mis amigos, que son muchos (los libros y los amigos). Mi relación con los libros ha cambiado un montón, pero estoy casado con una escritora, Jazmina Barrera, y claro, como dices, he vuelto a tener una biblioteca, que en realidad es la de ella. La mejor parte es por supuesto la biblioteca pequeña del niño, que en honor a la verdad ya no es tan pequeña. Estamos los tres muy metidos en esos libros, discutiéndolos, comentándolos, los leemos todo el día. Si me preguntaras qué he leído en cuarentena, tendría que responder, en primer lugar: Isol, Shel Silverstein, Arnold Lobel, Paloma Valdivia, Kazuo Iwamura.Y todos esos libros los hemos leído más de cincuentas veces.

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